Exacto, empezamos teniendonos el mismo odio que le tenemos a a ver a ver... ahora podemos sacar tres conclusiones de todo esto: 1- los que se pelean se aman 2- el odio une a las personas 3- nos volvimos putos yo creo que es más el 2-, porque el primero es el caso del presidente y vivaperón, y el tercero es el caso de EPM y Ricky Ricón. Menos mal que aparecieron estos especimenes, ya se estaba volviendo aburrido el blog.
el 4 rey mago
se pero todo fue por que sos un pelotudo engreido y te aprovechas de lo que escriben los demas para sentirte groso(uff me saque un peso de encima) salute a ver a ver
la milanesa
mmmhhh, sep, pero igual me parece sospechoso que en solo post hayas cambiado de idea y saludes a a ver a ver... Les dejo la inquietud.
A ver A ver...
qué bello es ver que alguien use tu nick para escribir algo tan pero tan poderoso como un "." igualmente es muy bello ver a un grupo de personas que, casi llegando a usar el sentido común, le contestan a ese insignificante pero poderosísimo carater. Saludar es un signo que devela "educación", eso me hace creer que todavía tienen esperanzas! Bien! felicitaciones por vuestro progreso!
la milanesa
Irene y Yo y mi otro "a ver a ver"...
A ver A ver...
ahora vas al cine tambien? bien por ti!
la milanesa
ajá, gracias!
el 4 rey mago
yo cada vez lo entiendo menos a manchita quien mierda es "podereso carater" para mi que te vienen haciendo el crater seguido y tenes la idea fija. La verdad q me confunde
Felfo
Che 4 rey amargo, ya te comiste a milanesa ahora te querés comer a a ver a ver, mas puto no podés ser chabón. Ponete la tanga caladita esa coloradita que hoy te voy a presentar a unos amiguitos que pararon en Sierra Chica unos 6 años y se quieren comer a un travesti barato, hacele precio maricón de mierda, tu vieja nos hacia la paja gratis a todos hasta que un día le salío codo de tenista de tanto vestir/desvestir al coñemu de la entrepierna, no falles a la tradición de putos de tu familia, ahora el mejor es tu viejo, ese si que sabe tirarle la piola a los reos!. Che mariconcito pacotiyo 4 rey de los anos rotos después que te enfiesten mis amigos te venís al campo que tengo un yobaca que te quiere conocer y le va gustar hacerte el esfinter de golpe, te va a hacer llorar semen hípico hijo de un trasatlántico de putas!
Rodry
felforro nombre de barrita de chocolote embarabajame la priripindonga puto de mierda sos mas gay que tu viejo en portaligas que come chotas como si fueran palitos de la selva amanerado hijo de mil putas!
florchus
me parece q no es lindo el tema, cambiemos de tema!!
el 4 rey mago
rodry/felfo/abondanccieri/a ver a ver/vivaperon/mick jagger/epm/la que te dice q el numero celular se encuentra apagado o fuera del area de cobertura/el presidente/el judio de la joyeria/el pato galvan/el cantante de callejeros: vayanse a la concha de su madre estan tan aburridos que se hablan y contestan entre ustedes? los vamos a tener que internar en el mismo hospicio q a ver a ver... felfo: no entendi una mierda...si tenes un ratito haceme un mapita conceptual .
la milanesa
ES DEMASIADO OBVIO, MIENTRAS MAS LEO, MAS SE CONFIRMA QUE MANCHITA ES FELFO
EL ARQUITECTO
LO QUE SACO EN LIMPIO ES QUE REY 4 APRENDIO CORRECTAMENTE EL USO DE LA PALABRA "OCOTE"...SI, FUE PERFECTAMENTE USADA.
el 4 rey mago
vieron q ver mucha television sirve casi tanto como postear en arbitrario???(igual me parece que aca no la use nunca la palabra esa) gracias arquitecto...veo q en otro post han intentado llamarle arquiteto medina...pero el primero fui yo(no se q mierda tiene q ver pero bue) estoy pasado de sueño (!)
A ver A ver...
Lindo nombre ese de "Manchita" lo triste es que tuvieron que unirse 4 acéfalos para crearlo y a simple vista... no es muy creativo que digamos. Es maravilloso contar con agentes de la SIDE en el Arbitrario, es decir, esos 4 personajuchos saben todo, ven todo, estan en todos lados, se conocen entre sí mejor que nadie, ...da para sospechar... ¿no?. Igualmente, y como ya dije antes, menefrega!, así de sencillito, sin términos catedráticos como a los que me tienen acostumbrado a leer. Bueno los dejo en paz así preparan el proximo discurso de insultos que van a dirigir, les recuerdo algunas de las palabritas para que no vuelan a repetirlas así no aburren: enfermito, comecaca, hijo de pu.., la con... de tu madre, pelotudi... de turno, zurdo y muchas cosas mas. Bueno, estaré esperando vuestros mensajes, que como siempre, me haran reir hasta darme dolor de estómago. Saludos
EL ARQUITECTO
NO FUERON 4 LOS QUE TE CLAVARON MANCHITA, SI NO UNA SOLA PERSONA.
coty
Me parece que A ver A ver es Mirtha Legrand,no dice malas palabras en público,hijo de pu...,la con...de tu madre,pelotudi...Qué educadito!
la milanesa
Me parece que Manchita no se dió cuenta porque ese nombre... no solo porque es nombre de mascota... imbécil te lo pusimos por lo pajero y cagón!!! Para que me esfuerzo, vos no aprendés más... no ves que entre nosotros nos seguimos cagando de risa de vos putarraca barata??? (esa no estaba en la lista) y vos seguis entendiendo la mitad! ignorante del ojete! jajaja... como me hiciste reir pedacito de nanopene! ajaja
Flavio Pedemonti
Corolario: Las puteadas que no fueron precedidas por golpe alguno, son para canjear los bonos de lágrimas del pasado. Anexo funerario: Cuando pones al dia tu haber de lágrimas con tus debes de puteadas, te cierran la cuenta de la vida.
A ver A ver...
Milanesa, siempre dando explicaciones, no tenés nada que explciar ¿o tenés la cola de paja que explcas todo lo que escribís?. Nadie te pide que te esfuerces, ¿entendes?, vos sos libre de esforzarte, tirarte al sol o al agua o lo que quieras, no me interesa. Ya te dije a vos y a los parácitos que te circundan que eran los eruditos del blogger, ¿sabés que quiere decir erudito?, si que sabes... lo que pasa que el esfuerzo que haces lamentablemente no te alcanza ni para defecar cualesquieras de tus ingeniosas y brillantes ideas o acotaciones. Que se caguen de risa de mi, ay loco! es un daño irremediable, no sabe Ud. lo que me costo conciliar el sueño este fin de semana pensando en las carcajadas de vuestro clan, tuve ataque al higado y me bajó la presión, (por favor!). Bueno, visto y considerando que siempre recurre al insulto para poder tratar de arañar el extremo de algun dialogo suelto en la web, lo voy a dejar que piense durante una semana que va ser el tiempo en que vuelva a responderle. Coty, gracias por vuestro cumplido, quizá "tratar" de ser o de tener algo de educación a muchos les cae un tanto mal, pero que les caiga como quieran, si yo no les debo nada, al contrario, ellos se deben una visita al neorologo hace unos 20 años... Arquitecto, por qué no se postula de guionista para peliculas de Luis Puenzo?, digo... lo suyo parece un comentario de Ulises Dummont...
EL ARQUITECTO
YA LO HICE Y ME HECHARON A LA MIERDA... OTRA VEZ, LLEGASTE TARDE.
la milanesa
Te educo a ver a ver, te educo, porque al parecer hay cositas que se te pasan... y yo tengo alma de maestro que queres que te diga... pero no hay más ignorante que el que no desea aprender, asi que... igualmente te digo que el primer paso para curarse de la pelotudez es reconocer que se es un pelotudo. Y si a vos hay que hacerte un esquema de cada cosa que se te dice es porque evidentemente, si tenés algún tipo de vida inteligente en el mundo en el que habitas, no lo demostras en este blog, y yo prefiero estar cubierto, asi que te explico. Y para el sueño tomate medio válium en un vasito de guasca, que creo que vos con rozarte las pelotas llenas el vaso sin esfuerzo... La pastillita y la leche calentita te dan los mejores sueños, sino preguntale a Cannon meat, me contó que eso es infalible! quien lo hubiese sabido, no? realmente funcionaba. (ahora no se si con tu guasca funcionará o es propiedad exclusiva de la poronga de él, pero consultale cualquier cosa.) Tomate dos de esas y llamame por la mañana (decime por dios que esa no te la tengo que explicar!!)
coty
A ver A ver,no fue un cumplido,SALAME,te agarré para la joda porque llega un punto en el que hartás haciéndote el culto,GIL.
el 4 rey mago
JAJAJAJAJa manchita es un pobre ente...se quiere hacer el amigo de todos y todos lo echan como un leproso a este pelotudo hay q enterrarlo hasta la cabeza y cagarlo a toscazos(q me dicen¿Ritual nuevo de sabado por la noche?)grande coty sorongoking.....
ULtimo y 3er post- nojodomas
nO! q horrible, x primera vez no me dejóescribir otro comentario (y no sólo eso, sino q me lo borró!) OK, no lo vuelvo a escribir xq era muuy chott como los anteriores pero..q wachada¡¡¡ una vez q escribo.. Cancion chott del momento: Malo malo malo ere, no se dañaa quien se quiere no!, tontotontotonto ere.. Listo, me descargué un ratito.. [coment- q quiero mandar en el coso del 25 d oct,un 9 de nov, a las 19.43 pero si la forra no me deja, t lo posteo en todos los demás..x achédepé=P] - aah sii?? OK, YA VAS A VER! (uh q mala persona q soy... una loca bárbara ehhh ojooo..)
la milanesa
Nooo, ya tiene a u nueva amiga paula!!!, manchita perderá finalmente la virginidad??? Pobre pibe, no para de buscar aliados al pedo, bah... no tal al pedo... justo apareció "Paula"... Ahora... que lleva a una persona a involucrarse con semajante looser?? Arquitecto: ya empiezo a cavar...
el 4 rey mago
me explicas el porque de tu ultimo renglon dedicado al arquitecto?
A ver A ver...
4 rey, si yo soy un ente, vos sos un autómata finito, espero que te cerebro de insecto microcefálico te permita dilucidar el concepto de "automáta finito". Por otro lado..., no cambías más chabón! te va a agarrar un turuleco que que te va a dejar mirando crecer las margaritas desde abajo. Saludos
la milanesa
PERO QUE PAREZCA UN ACCIDENTE SEÑOR CAPONE... jajaj, cada día más divertido "Manchita"... poooooooooooooooobre
el 4 rey mago
lo bueno es que ya asimilo el mote de manchita
El burro, jardin de infantes.
Voy a ser sincero, y eso puede traerme problemas: a mi me cae bien A ver =S...A lo mejor tengo que leer mas cosas para odiarlo, se que por ahi sus comentarios son lugares comunes, pero me cae bien, que mierda!!!
la milanesa
Voy a hacer un delete mental de este último post...
judy
de ke manchita hablas 4 rey mago ?manchita de donde?
la milanesa
Manchita es "A ver a ver", declarado mascota oficial del ALL PAGAN CLUB. Acabo de poner una foto en la página de el en una de sus posiciones favoritas. Te recomiendo que tomes un trago de Mylanta antes de entrar.
kevin!
NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO NÍRAK (LIBRO UNO) DATOS PERSONALES Nombre y apellido: Eduardo Raúl Elgieser D.N.I.: 14.140.994 Domicilio : Ramón L. Falcón 3979 1407 – Ciudad de Bs. As. Argentina Teléfono: 0054 11 4672 0294 e-mail: eelgieser@flooring.com.ar PRÓLOGO El advenimiento de Oftter trajo consigo, como todos los años, el reiterado arco iris cubriendo de punta a punta las cumbres de Tramontekk. Sobre Quentrom, el pico más alto de la cadena montañosa que circundaba completa e irregularmente la región, las nubes delinearon de forma inequívoca el perfil de Zarmenita, el dios. En ese preciso instante en la aldea de Drumia se escucharon dos gritos descarnados. Uno de ellos fue el de Nírak Hínderock al nacer. -Fenstor, puedes entrar –dijo Danil, la hechicera-. Aquí está tu hijo, tómalo –extendió los brazos y él lo afirmó contra su pecho-. La alianza de Offter con Zarmenita en los cielos de Tramontekk significa una sola cosa –hizo silencio y aguardó a que Fenstor Hínderock secara con el dorso de su mano las lágrimas apelmazadas en sus mejillas-. Ha nacido un elegido. El restante aullido fue el de Fania Hínderock al parir. Su macilenta figura no lo pudo soportar. Falleció momentos más tarde. Fenstor contuvo el dolor que sentía. Su cuerpo se mantuvo tenso, la quijada endurecida por el esfuerzo de no llorar. Las venas pugnaron por contornear surcos en sus antebrazos. Balanceaba imperceptiblemente a su vástago que se había tranquilizado y lo observaba curioso. -Nírak está marcado –continuó la bruja-, así lo señalaron los dioses desde el origen de los tiempos. Desde la época en que la tierra era una religa de vapores sulfurados, masas atornasoladas y alimañas infectas, esperamos la señal. Ha sucedido. Poca gente lo sabe, pero el mensaje se desplazará con increíble velocidad... y lo lamento por Fania. Fenstor asintió en silencio. La tierra trepidó bajo sus pies. Cayó una tenue llovizna. Subió y bajó la temperatura. Un halo huracanado atravesó la región. Fue un réquiem de los elementos por Fania Hínderock, una mujer sencilla y armoniosa. Había sido la única persona en lograr en vida una perfecta conjunción equilátera con el entorno. -Nírak tiene por delante una delicada misión –la hechicera calló, respiró hondo y su voz adquirió mayor gravedad-, deberá encontrar el neiróm, cruzarse con él, interceptarlo o descubrirlo, no está muy claro... aún. Será la diferencia entre la vida y la muerte. No sólo de él y de los drumios, sino de todo nuestro universo. Fenstor, llegará el momento. Es inevitable... PRIMERA PARTE UNO A Nírak Hínderock le gustaba tenderse en el prado en los anocheceres previos al plenilunio, cuando Argón cruzaba en el cielo ligeramente ámbar la constelación de la Kérsida. Se ilusionaba con tener la edad suficiente para ir con los mayores a cazar áricos. Mientras tanto, se contentaba con escuchar sus historias. La cacería del árico se preparaba con mucho tiempo de anticipación. Cuando caían las primeras hojas de los dalmas (arbustos típicos de la región, de mediana altura y grandes flores rojas) era la señal de que ya faltaba poco para conseguir comida para la estación de las nieves. Los hombres acondicionaban sus armas guardadas desde la temporada anterior mientras las mujeres cocinaban para ellos y un inconfundible aroma a legumbres inundaba el ambiente. El caldo se revolvía continuamente con el fin de alimentar a los cazadores. Debían mantener los recipientes a temperatura mientras aguardaban el regreso para luego introducir la carne del árico y comenzar su cocción. En una argamasa de sensaciones entonaban cánticos que narraban aventuras fabulosas. Los rayos del sol incitaban a festejar estos himnos, aprendidos y divulgados desde tiempos inmemoriales. Eran los momentos en que dejaban de lado las discusiones y rencores entre familias para unirse tras un mismo objetivo. La cacería significaba la supervivencia de todo el poblado. Recordaban cuando dos años atrás habían fallado, no habían logrado cazar ningún árico. Como una estaca que pulverizaba sus cimientos llevaban clavados en sus conciencias aquel rotundo fracaso. Las enseñanzas de los Talhaus (maestros que habitaban en la mente) fueron olvidadas. Fenstor Hínderock, el líder, no los había acompañado. Una extraña enfermedad lo había obligado a alejarse del poblado. Acusaron a los dioses de sus males. Una lluviosa mañana habían partido, conscientes de sus limitaciones y desmoralizados, sintiéndose huérfanos sin el resguardo de su guía, que reposaba amargamente mientras intentaba desde la lejanía infundirles coraje. Estuvieron ausentes nueve interminables jornadas. Exactamente el décimo día de la partida amaneció con un brillante sol en el firmamento, bañando los campos y el aire en un abrazo envolvente. El día anterior, Fenstor había despertado sin el menor vestigio de enfermedad alguna. Rememoraba claramente su último sueño. Estaba convencido del resultado negativo de la cacería, aún antes del retorno de sus compañeros. No se inmutó cuando al día siguiente, tímidamente y sobre el horizonte, asomaron los cuerpos cansados de ese puñado de hombres que retornaban con las manos vacías, la mente vacía y el orgullo herido. Las explicaciones sonaron a justificaciones, pero no hubo reproches por parte del resto de la comunidad. Conocían su destreza y estaban seguros que alguna fuerza suprema había intervenido para contrarrestar todo intento de victoria. Ese año pasaron hambre y frío. La grasa del árico se utilizaba no sólo para untar los cuerpos (ya que era un excelente aislante), sino también para mantener encendidos los fuegos en las noches heladas. Sólo los más fuertes sobrevivieron. Nadie recordaba peor pesadilla. Cuando Fenstor juntó a todos y les habló, comprendieron y se juramentaron que nunca más sucedería algo semejante, aunque a partir de ese momento, el temor siguió latente cada año. En vísperas de la partida, nadie podía evitar un ligero escozor producto del miedo que era superado solamente si el día siguiente amanecía soleado. Hínderock reunió a su gente la noche anterior alrededor del fuego. Los hombres atendían inmóviles. Las mujeres acompañaban dos pasos más atrás y los niños, hipnotizados por la figura agigantada del líder debido a los movimientos caprichosos de las lenguas de fuego, sentían cómo el corazón les latía furiosamente. Principalmente el pequeño Nírak, orgulloso que su padre entregara sin reparos su sabiduría. Fenstor aguardó a que acallaran los últimos murmullos. Su cuerpo, alto y musculoso, se mantuvo rígido. Endureció la mirada. Sólo su cabello rojizo se agitó levemente. Los ojos se clavaron en las ardientes brasas. Levantó con lentitud la mirada y se dirigió a su gente: -Todos recuerdan lo sucedido aquel fatídico año. Algunos todavía están aquí, a los demás los recordamos tristemente, pero a veces, las enseñanzas lastiman, duelen. El respeto que imperaba alrededor de la fogata se respiraba en el aire. Nadie hablaba, sólo el sonido del viento interrumpía el clima de veneración que transmitía Fenstor. -Subestimamos a los dioses, nos creímos superiores. Por un instante nos olvidamos que existían y creímos que éramos nosotros quienes establecíamos las reglas. Había sido un año de bonanza. Dejamos de orar, de agradecer. En vez de ser sumisos, fuimos arrogantes. Y la respuesta fue inmediata, trágica, pero necesaria. Lo había visto claramente desde mi lecho de enfermo. Mi Talhaus aguardó la partida de los cazadores para hacerme ver y comprender el error que habíamos cometido. Debíamos recuperar la humildad y el respeto. Y lo logramos. La comunidad entera asintió en silencio. Fenstor esbozó una sonrisa: -Y esta vez habrá una pequeña modificación. Lo he pensado mucho, lo he consultado con mi Talhaus y he tomado una resolución. Nirak vendrá con nosotros. Un creciente rumor recorrió vertiginosamente a los presentes. Se miraban sin comprender. Nírak cerró los puños. Un escalofrío recorrió su espinazo. Su padre nada le había adelantado. Sintió de repente como si una gigantesca roca intentara sepultarlo allí mismo. -¡Un momento! –exclamó Fenstor-. Todo tiene una explicación. Estamos al tanto de lo que significa el neiróm para la vida de mi hijo. Y para nosotros. Es probable que a lo largo de su vida se le presenten situaciones disímiles a las nuestras. Sé muy bien que de acuerdo a la tradición, a partir de una determinada edad está permitido cazar áricos. Pero creo que con Nírak, podemos hacer una excepción. Tal vez el neirón se encuentre en el bosque de los crúpidos. Tal vez no sea este el momento de hallarlo, pero cuanto mejor esté preparado ante las diversas contingencias, será mejor para él. ¿Están de acuerdo conmigo? Nadie contradijo al líder. El silencio fue la contundente aprobación. -Agradezcamos entonces otro año de trabajo, de sacrificio, nuestros dioses son justos. Así que, salud a mi pueblo, mañana será un gran día. A continuación comenzó la fiesta de agradecimiento y veneración. Los tambores redoblaban incansables atronando el cálido aire de Drumia. Hombres y mujeres bailaban. Sacudían las piernas en forma sincronizada y los brazos describían círculos al mismo tiempo que proferían sonidos guturales al compás de la música. Los niños jugaban alrededor del fuego. Los drumios observaban disimuladamente a Nírak, que continuaba aturdido. Algunos lo envidiaban, otros lo compadecían ante la delicada misión que lo esperaba en algún momento de su vida. Pero todos sabían que su padre tenía razón. Fenstor se mantuvo a un costado, rogaba a los dioses por una buena cacería, por un año de prosperidad. Elevó la mirada al cielo, vio emocionado la cantidad de estrellas repartidas en el firmamento. Pensó que los dioses estarían sonriendo. Concluidas sus oraciones, se unió al festejo. Poco a poco los drumios se retiraron; las conversaciones decayeron lentamente, quedó solamente un murmullo. Los pequeños habían caído rendidos de cansancio. El fuego se consumió paulatinamente y cuando sólo quedaron cenizas, el silencio y la calma inundaron completamente el poblado. -Padre, ¿por qué no me habías dicho nada? -Era una pequeña sorpresa. Duerme. Mañana será un largo día. Nírak se acurrucó junto a su padre; sintió su calor y su protección. El sopor lo invadió hasta quedar profundamente dormido. En su sueño guiaba una veintena de niños en lucha desigual contra cientos de áricos que volaban y emitían alaridos sobrenaturales. Habían llegado a Drumia y ante la huida de los mayores, habían quedado solos para enfrentarlos con la única arma que poseían: sus manos. Combatían cuerpo a cuerpo con mamíferos que los duplicaban en tamaño. Perdían la batalla cuando repentinamente comenzó a llover, pero la lluvia era una sustancia viscosa y maloliente cuyo efecto sobre los atacantes era tan extraño que Nírak se revolvió agitado en su lecho: crecían arbustos púrpura sobre sus lomos. Ante esta situación los áricos habían emprendido la vergonzosa retirada. Al instante habían vuelto los mayores que gritaban y endiosaban a esos pequeñuelos que habían protegido su pueblo con tanta determinación. Al día siguiente salieron de sus moradas en silencio, agradecían a los dioses la mañana que los recibía. Hínderock, Nesum, Toma, Vernie, Rontar, Ofde… las familias se acercaron para despedirlos. Comieron ligeramente, cargaron sus provisiones, sus armas, y partieron. Las mujeres los veían alejarse y rezaban por ellos; los niños los miraban soñadores. A un costado del grupo, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos, dos jóvenes impetuosos conversaban en voz baja: -Nírak es un tonto –comentó Densel, flaco, de ojos saltones y ligeramente encorvado-, y toda esa historia del neiróm. ¡Mentiras!. Debe ser un invento de su padre para asegurarse que los Hínderock continúen liderando nuestra comunidad. -Además, la cacería del árico es una estupidez –aseguró Trentor, gordo y de baja estatura. -Estoy de acuerdo. Que lo hayamos aprendido de nuestros antepasados no significa que esté bien. Tiene que existir una manera más sencilla de procurarnos alimento sin necesidad de ir hasta el bosque de los crúpidos. -¡Exacto! Pensemos alguna alternativa. Así nos ganaremos la estima de la gente y, por qué no, llegar a ser algún día los líderes de Drumia. -Amigo –susurró Densel-, hace tiempo que tengo una idea que me da vueltas en la cabeza. Ven, alejémonos. Quiero contarte de que se trata... Luego de haber marchado un buen trecho, Fenstor tomó de la mano a Nírak y le habló suavemente: -Hijo. Debes estar muy ansioso. Pero recuerda lo importante que es para nosotros la cacería del árico. Sabes que participas como espectador. Mantén los sentidos muy alertas. Serán cosas nuevas, intenta asimilarlas con rapidez. Sácale provecho a tu privilegio. -Sí, padre. -Y otra cosa. Cuando regresemos, no presumas. Nírak sonrió ante la recomendación, se soltó de su mano y marchó como uno más. El día avanzaba, el sol bañaba los cuerpos, el camino se hacía cada vez más arduo a medida que se alejaban. De vez en cuando se daban vuelta y divisaban las construcciones empequeñecidas por la distancia y deformadas por el calor. Más lejos apreciaban las irregulares formaciones de Tramontekk, la cadena montañosa que rodeaba la región en forma circundante y que nadie se había animado nunca a atravesar. Hicieron un alto para refrescarse al llegar al río Nesser, cuyas cristalinas aguas bajaban velozmente de la laguna de Nessersork. Descansaron. Pronto comenzaría la parte más dura de su marcha. A partir de ese lugar el camino se hizo más pedregoso; las piedras filosas y puntiagudas podían lastimar severamente las piernas y los pies protegidos escasamente y retrasar el viaje. Marcharon en dirección al bosque de los crúpidos, morada de los áricos, se sentían acompañados por los dioses. Cada Talhaus les daba ánimo para continuar. El segundo día se desarrolló sin novedades, caminaron bajo un sol ardiente. Cada vez se acercaban más a su objetivo. Nírak avanzaba en respetuoso silencio, a sabiendas que era el primer niño en la historia de Drumia en participar de la cacería del árico. De vez en cuando, algún cazador le dirigía un comentario risueño o alguna broma que provocaba las risotadas de los demás, inclusive las de su padre. Pero el pequeño apenas sonreía, levantaba bien erguida su cabeza y marchaba redoblando el paso. Al tercer día al amanecer, divisaron el bosque. Debido al viento que soplaba en esa dirección olfatearon el típico aroma de los crúpidos, árboles enormes, frondosos, pero sumamente peligrosos. Continuaron infatigablemente hasta llegar a la división exacta entre el fin del camino y el inicio del bosque. Portaban sus armas, lanzas con punta doble, muy letales y efectivas. La mayoría ya había cazado áricos con anterioridad. Aunque eran muy duchos en el manejo de las lanzas, siempre los habían cazado desde una distancia prudencial arrojándolas certeramente, pero nunca se habían enfrentado de cerca con los escurridizos cuadrúpedos. Ingresaron en el bosque en grupos reducidos y se dispersaron rápidamente tomando diferentes rumbos. Al amparo del sol, el ambiente era agradable, una suave brisa acariciaba los cuerpos empapados en sudor, producto no sólo del calor circundante sino también de los nervios. Hínderock marchaba a buen paso junto con Nesum y Esiem, dos valerosos gigantones, decididos y entusiasmados a pesar de ser su primera incursión. Y seguidos de cerca por Nírak. Al promediar la mañana, a medida que la vegetación comenzaba a espesarse y aumentaba la cantidad de crúpidos, la caminata se tornó más dificultosa. Nírak miraba a izquierda y derecha. Y no le alcanzaba la vista. Cavilaba acerca de la diferencia entre oír de sus mayores las infinitas narraciones acerca de tan singulares árboles y sentirse parte de la historia. “¿Estará aquí el neiróm? ¿Será accesible? ¿Podré descubrirlo con facilidad?”, pensaba una y otra vez. Hizo una mueca y continuó detrás de los cazadores. En un momento dado, Nesum giró la cabeza como al descuido, se detuvo en seco y gritó de tal forma que por un instante se les heló la sangre a sus dos compañeros. Abrió la boca pero sólo pudo emitir un áspero gemido. Sus fosas nasales se expandieron. Señaló hacia su derecha. Bajo un crúpido se encontraba un hombre tendido, un gesto de felicidad colmaba su rostro. Indudablemente, el infortunado había desoído en su momento la prohibición de acostarse bajo la tentadora sombra y dormía el sueño eterno, no despertaría jamás. Nadie sabía cuánto tiempo había pasado desde que yacía allí, inconsciente y seguramente por siempre continuaría en esa posición, inmóvil, sin sufrir calor, frío, hambre o sed. Tampoco fue sencillo para Hínderock, aunque ya había visto otros cazadores en anteriores expediciones. Y menos para su hijo, que abrió la boca como una gúnica madura sólo para volver a cerrarla luego de unos instantes. Comentaron lo sucedido y continuaron el viaje. La floresta se hacía cada vez más cerrada, se dificultaba la visión pues los rayos del sol ya no atravesaban con facilidad los árboles. Encontraron más hombres tendidos al costado del camino, guardaron un respetuoso silencio. Se concentraron nuevamente en detectar a esos animales que podían ser rápidamente identificados, su pelaje rojo con manchas amarillas resaltaba con nitidez entre el follaje. Hicieron un alto para comer tríforas, descansaron y siguieron la marcha. Al acercarse a un pequeño claro entre la inmensidad de los crúpidos observaron un movimiento entre los matorrales frente a ellos. Velozmente empuñaron sus lanzas. Por un instante, algo bicolor se agitó y Esiem emitió un alarido desgarrador. Era más de lo que hubiera podido imaginar... DOS Frente a Esiem, inmóvil, estaba la figura de su padre, muerto el año anterior. Temblaba como una hoja de séndile, un sudor gélido recorrió su cuerpo. Las lágrimas barnizaron sus mejillas, el arma cayó de su diestra. Hínderock y Nesum lo sacudieron con firmeza pero Esiem no reaccionaba. Fenstor, más experimentado, se abalanzó contra la ilusión, pero no llegó hasta el astuto animal. Esiem se arrojó hacia Fenstor para que no atacara a su padre. Se trenzaron en feroz combate, intervino también Nesum. Nírak observaba la escena sin saber como reaccionar, se movía dando pequeños pasos hacia delante y hacia atrás. Suponía que, de todas formas, nada podría hacer. Si hubiera querido ayudar a detener a Esiem, hubiera sido alejado de allí por algún manotazo o puntapié antes de haberse dado cuenta. Rodaron por la hierba, entrelazados, hasta que finalmente lograron inmovilizar a Esiem que todavía temblaba y gimoteaba. El astuto árico aprovechó la situación y desapareció sigilosamente sin dejar rastro. -Si hubiera sido tu padre –le explicó Fenstor cuando el cazador se hubo tranquilizado-, no se habría marchado de esa manera, se habría acercado a ti. -Tienes razón, discúlpame –reconoció Esiem con vergüenza-. No volverá a ocurrir. -¿Ves hijo? –explicó Fenstor- ¿Entiendes ahora porqué no está permitido que vengan niños? -Muy claro, padre. Muy claro –respondió agitando levemente la cabeza. Repuestos del incidente, continuaron la marcha y se internaron de nuevo en el bosque. Comenzó a bajar la temperatura, pronto oscurecería. Decidieron regresar. Al arribar descubrieron que algunos grupos habían logrado cazar áricos. Mientras preparaban la comida, se sentaron al lado del fuego y Fenstor narró el incidente. Escucharon absortos el relato. Sus facciones denotaban el estupor con que digerían las imágenes, el asombro aporreaba sus cerebros y se apiadaban de Esiem. Deseaban que nunca les ocurriera algo semejante. -Papá –susurró Nírak mientras se aprestaban para descansar- ¿cómo reaccionaré si un árico se transforma en mamá? -No lo sé, hijo. Cada uno actúa de forma diferente. -¿Te ha ocurrido alguna vez?... lo del árico. -Sí. Una sola. -¿Y quién apareció? –preguntó el pequeño con ansiedad. -Tu madre, Nírak. -¡Cuéntame! ¡Por favor! -Mejor no. Fue muy doloroso... Durmieron profundamente y a la mañana siguiente se prepararon para reiniciar la cacería. Se internaron nuevamente en el bosque en grupos de tres. Uno de ellos estaba compuesto por Rontar, Ofde y Vernie, tres principiantes de mediana estatura y fuerte complexión que marchaban decididos. Comían tríforas mientras avanzaban con rapidez a través de los densos crúpidos. Hicieron silencio cuando algo comenzó a agitarse, primero levemente, luego con más fuerza, casi tronaba. Era un sonido indescifrable. Se sintieron rodeados por algo que no comprendían; aferraron con firmeza sus armas, listos para el ataque. Avanzaron paso a paso y de repente lo que vieron los hizo trastabillar. Habían descubierto donde habitaba la manada de áricos y éstos se habían transformado instantáneamente en todos los seres queridos, vivos o no, de los cazadores. Ante el peligro inminente, los hábiles animales habían rebuscado en las mentes humanas hasta hallar los recuerdos olvidados y los habían mezclado con los más recientes sentimientos para hacerles frente en forma casi arrogante. El grupo irreal charlaba entre sí, animadamente, como si los esperaran desde hacía mucho tiempo, para que pudieran relajarse luego de una marcha agotadora. Pero Vernie notó que su abuelo materno estaba en dos lugares. En uno reía junto con el hermano de Rontar y siete metros más allá abrazaba a un pequeñuelo rubio de largos cabellos. Rápidamente cayó en la cuenta de la falacia que los rodeaba. Dedujo que no debía quebrantar abruptamente el clima que se había generado. Entonces, telepáticamente (habilidad que desconocía pero llevado por la desesperación utilizó como recurso extremo) envió un mensaje a Rontar y Ofde. Fue tan claro y tajante que al unísono, sin mirarse, levantaron lentamente sus armas y las arrojaron con furia hacia el centro del grupo virtual. Cayeron tres cuerpos, el resto se transformó en ese mismo instante en cuadrúpedos rojo amarillentos que huyeron hacia la espesura del bosque. Los tres áricos tendidos iniciaron una metamorfosis asombrosa. Se convirtieron, en cuestión de segundos, en todos los seres humanos a los cuales les habían robado su imagen. Los cazadores observaban atónitos cómo se sucedían las formas. Reconocieron a algunos. Desfilaban frente a sus ojos, ininterrumpidamente, hasta que en un determinado momento y concluida la transmutación, recuperaron su forma animal. Se hizo un silencio espectral. Rieron y gritaron enloquecidos. Fue un grito de triunfo. Pasados unos minutos, recogieron trabajosamente los áricos, los cargaron sobre sus hombros e iniciaron el camino de regreso. Al promediar la tarde y ya cerca del fin del bosque, en forma totalmente inesperada apareció entre los matorrales, la mujer de Ofde. Por un segundo quedaron inmóviles, pero luego cayeron en la cuenta de lo que significaba la pesada carga que transportaban, se miraron y siguieron su camino. Se dijeron sencillamente que ese árico esa vez había salvado su vida, que la próxima sería seguramente su turno. Al llegar al campamento observaron complacidos cómo los cadáveres de otros áricos se apilaban desordenados. Había sido un día fructífero y cuando se sentaron a comer y a compartir vivencias descubrieron que habían sido los únicos en vivir la transformación árica. Algo le inquietaba a Vernie. Algo que no lo convencía y no podía encontrar una explicación sensata. Recordaba claramente la forma en que le había comunicado a sus compañeros el engaño sufrido; sin palabras, con la fuerza de sus ideas. Pero se sentía demasiado cansado por lo que se retiró a descansar. Conversaron hasta altas horas aquella noche, sabían que ya les faltaba poco, con lo que habían capturado alcanzaría para todo el año. Despertaron cuando el sol estaba alto sobre el horizonte, comieron con tranquilidad, confiados. Se dividieron y partieron con lentitud. Toma, Dunsto y Zonter marcharon juntos. Eran los menos experimentados, los más jóvenes, pero no se sentían disminuidos, sus ganas y convicciones se hallaban a la altura de cualquiera. En su fuero interno soñaban con encontrarse frente a frente con uno de esos escurridizos animales y pasar la prueba del engaño. No era lo mismo escuchar de boca de sus compañeros lo ocurrido que vivirlo personalmente y transmitirlo luego a los demás y algún día a otros incipientes cazadores para que sintieran también hacia ellos la admiración y el cariño que actualmente sentían por Fenstor Hínderock. Llegaron a un claro y decidieron descansar un rato. Lejos de los traicioneros crúpidos, comieron ávidamente las tríforas que habían recolectado. Aún no habían cruzado ningún árico pero no desesperaban, estaban convencidos que la oportunidad se presentaría. Al caer la tarde reiniciaron la marcha adentrándose cada vez más en el bosque. Comenzaron a preocuparse, el tiempo pasaba velozmente y continuaban con las manos vacías. Dunsto pensó que lo mejor era regresar. Notó los gestos de preocupación de sus compañeros, miró a su alrededor y también se dio cuenta que estaban perdidos. Habían estado tan concentrados en la búsqueda de un árico que se habían olvidado tras el almuerzo, de marcar el camino, como lo habían hecho anteriormente. Los envolvió la desesperación y se acusaron mutuamente. -¡Un momento! –gritó Dunsto- No tiene sentido que peleemos. Tenemos que salir de aquí antes de que anochezca... Escucharon un ruido y vieron con alivio que Fenstor les hacía señas para que lo siguieran. Corrieron tras él, se internaron cada vez más entre los enormes crúpidos, les costaba avanzar. Zonter, que iba adelante, de repente se detuvo. Sus amigos se lo llevaron por delante. -¿Qué estamos haciendo? –preguntó Zonter con angustia– Fenstor estaba solo. ¿Y Esiem? ¿Y Nesum? Tampoco se acercó a nosotros. Ni siquiera nos dirigió la palabra. -Fuimos burlados por un árico, ¿no es cierto? –murmuró Toma apesadumbrado. -Sí. Y no tengo la menor idea de donde nos encontramos –afirmó Dunsto. -Armemos una fogata. Así nos hallarán –exclamó Zonter entusiasmado. Trabajaron a sabiendas del peligro que esto significaba, pero eran conscientes de que era la única forma de conseguir ayuda. Pronto una hoguera ardió entre la fronda e inmensas lenguas de fuego y humo subieron hacia el cielo negro entre los crúpidos. Mientras esperaban la ayuda entonaron viejas canciones, bailaron y se animaron entre ellos, trataban de mantenerse lúcidos. Rieron para disimular su impotencia. Pero la asistencia no llegaba y de tanto cantar, bailar y reír, el cansancio comenzó a manifestarse. Bostezaron contagiosamente, el pánico a quedarse dormidos les hizo reaccionar de inmediato, notaron asustados que no podían evitarlo, que la modorra los vencía, era más fuerte que su voluntad. Llegó el momento en que se dejaron caer, suave, mansamente, hacia el tentador lecho. En el preciso instante que sus cuerpos estaban por tocar la soñadora superficie, algo que no pudieron identificar los aferró decididamente. No hicieron ni dijeron nada, simplemente se durmieron… TRES A la mañana siguiente despertaron en el campamento rodeados de la familiaridad de sus compañeros y amigos, que los observaban entre risueños y burlones. Gracias a la fogata, los habían encontrado con rapidez y salvado en el último instante. Fenstor decidió entonces que la cacería, por ese año, había concluido. La cantidad de áricos era más que suficiente. Cargaron los animales sobre sus hombros y partieron. Debieron hacer noche a mitad del trayecto. Al día siguiente siguieron a buen paso con excelente ánimo y después del mediodía vislumbraron las lejanas construcciones que pertenecían a sus moradas. Llegaron al atardecer. Se abrazaron padres con hijos, hombres y mujeres; se entremezclaron las familias. Sólo restaba la ceremonia de bienvenida. Muchos niños rodearon a Nírak, rogaban que les contara acerca de la cacería. Él miró de soslayo a su derecha y sintió los ojos de su padre clavados en los suyos. Apenas sonrió y dijo: -Fue muy interesante... Y Fenstor afirmó en silencio. Mientras contaban sus experiencias, las mujeres descuartizaban hábilmente los animales. La carne era envuelta en hojas de séndile y luego se hervía en la misma sangre de árico. De esa forma se mantenía sin descomponerse todo el tiempo que fuera necesario. Con la piel fabricaban vistosas vestimentas que lucían las mujeres de los cazadores. Tenían especial cuidado en dejar a la vista la zona del pelaje donde había hecho blanco la lanza mortal, como una suerte de triunfal demostración de la supremacía del hombre sobre el animal y también el irreprochable orgullo de tener en la familia a un hombre tan valeroso y decidido. Cuando ya asomaban las primeras luces del alba, el agradecimiento a los dioses. Nunca más les darían la espalda, nunca más dejarían de venerarlos, de amarlos. Habían aprendido la lección. Dos días más tarde, Trentor Mc Gullivan y Densel Mileikos se encontraron en las afueras de Drumia. -¿Lo pensaste? ¿Qué te pareció mi idea? –preguntó Densel con ansiedad. -Me parece estupenda. ¡Atravesemos Tramontekk! -¡Sí! Los dioses lo prohíben pero, ¿por qué? Nadie lo sabe. -Estoy convencido que algo encontraremos. -¿Te imaginas si nos topamos con el neiróm –preguntó Trentor. -¡Sería fantástico! Nos convertiríamos en héroes. De toda la región. -Busquemos algunos compañeros para la travesía. -¿Estás seguro? –dudó Densel-. ¿No nos delatarán? -Sabemos como convencer a nuestros amigos, ¿no es cierto? -Tienes razón. Hagámoslo. Del grupo numeroso de adherentes que se gestó en un principio, sin embargo, y movidos por el temor, quedaron unos pocos. Las conversaciones se mantenían casi en secreto; hablaban en grupos de dos o tres y luego transmitían las novedades de boca en boca. Así estaban todos al tanto, permanentemente. Sigilosamente entonces, entre juego y juego, entre charla y charla o mientras compartían tareas comunitarias, armaron el plan manejados hábilmente por Mc Gullivan y Mileikos. Tramontekk estaba demasiado lejos, debían caminar muchos días. Muchos de los lugares por recorrer les resultaban desconocidos y no sabían con qué podrían encontrarse. Tampoco podían llevar provisiones para tanto tiempo debido a la pesada carga que esto significaría, por lo que establecieron cuidadosamente un itinerario que los llevaría por lugares donde podrían hallar alimento. La tierra comenzó a sacudirse, a desmoronarse, a abrirse y cerrarse. No fue en forma paulatina, no fue un ligero temblor acompañado de otro. Fue todo de golpe, con la fuerza de cien mil dragones enfurecidos que vomitaban fuego, humo, calor y una masa incandescente, viscosa y letal. Se produjo en la laguna de Nessersork, pero se estremeció toda la región. O fueron los dioses. O la tierra sublevándose. O un enorme monstruo subterráneo. O una ilusión. Pero, fue real, terroríficamente real e impredecible. La gente salió horrorizada de sus moradas, el suelo temblaba vertiginosamente bajo sus pies. Todo se sacudía violentamente. La tierra gemía lastimosamente por la herida abierta. Lo que alguna vez fue la laguna bullía salvajemente. Masas de vapor candente se elevaban hasta el cielo para precipitarse luego, pesadamente, agrietando aún más la llaga existente. Animales de todo tipo, aves e insectos se alejaban apenas del abrazo mortal para quedar atrapados y desaparecer calcinados casi instantáneamente. Toda forma viviente en los alrededores de la laguna se había esfumado en cuestión de segundos; ni rastros de muerte. Sólo el rugido que, desde las entrañas mismas de la tierra, atronaba los cerebros de todos los habitantes de Drumia, de los poblados vecinos y de todo ser vivo dentro del perímetro irregular de Tramontekk. Lentamente menguaron los temblores en intensidad, en violencia, como así también los vapores incontrolables del mortal fluido. Todo volvió poco a poco a la normalidad. Los pobladores, pasmados al notar que sus construcciones no habían sufrido daño, agradecían a los dioses. Pero fue solamente un respiro. Pasados unos breves instantes, volvió el caos, más fuerte y colosal que nunca. Desde lo que había sido la laguna de Nessersork, comenzó a asomar, primero tímidamente, luego con mayor rapidez una formación rocosa. La tierra se abría a su paso, sollozaba de dolor, se desgarraba por el tormento al cual se veía sometida. A medida que crecía en magnitud, aumentaba el volumen de rocas, fuego, lava y vapores tornasolados. Desde las profundidades mismas del epicentro del pandemónium, emergió entonces una enorme montaña que se perdía hasta el firmamento, hasta donde alcanzaba la vista. Imposible determinar su pico. En lo alto y abrazados con el cielo, vapores escarlata no permitían apreciar la cumbre, como si la montaña no terminara nunca. Y tras ese momento de terror y admiración divina, volvió la normalidad. Finalmente todo se encarriló nuevamente dentro de un sosiego tranquilizador. Sólo se escuchaban esporádicamente, provenientes de ese punto inescrutable, delicados truenos que confirmaban lo que nadie creía que hubiera ocurrido. Pero ahí estaba. Sola, imperturbable. Septonger, la montaña. Así la denominaron en honor al dios de la fortaleza. Por las noches observaban gran cantidad de rayos azulados entre las nubes escarlata. Una actividad que suponían correspondía a los dioses mismos tomando decisiones. Salvo Nírak. Imaginaba que sin lugar a dudas, había sido una señal. -Es el neiróm, estoy convencido –le dijo una tarde a sus amigos. -¿Por qué lo piensas? –preguntó Thomas Hill. -Podía haber sucedido en cualquier laguna, pero fue muy cerca de aquí. Me está llamando. -Aún no eres adulto. No has tenido tu ceremonia de iniciación –afirmó Edenhor Mirko. -Mi padre ya lo ha dicho. Mi vida no será quizás, como la de muchos otros. -¿Qué harás? –inquirieron a dúo. -No lo he pensado... todavía. Tres días más tarde, tanto Mc Gullivan como Mileikos volvieron sobre el asunto Tramontekk, pero con una ligera variante. En lugar de dirigirse hasta la cordillera, escalarían Septonger. Una mañana muy temprano, se reunieron los amigos a deliberar. Todos le temían a Tramontekk pero nadie había dicho nada de Septonger, sólo suponían que era la morada de los dioses, o tal vez se trataba de una montaña común y corriente, más alta que las demás y nada más que eso. Trentor insistía frente a sus amigos: -¿…será acaso una escalera al cielo, una invitación a desentrañar los misterios de la vida, una puerta abierta para elevarse hasta el grado superlativo del conocimiento? Tras discutir largo tiempo fueron convencidos. Partirían al amanecer. El día transcurrió en medio de una excitación que les costaba mucho disimular. Se evitaban para que no los delatara alguna mirada cómplice. Las horas se les hacían interminables y aumentaba el nerviosismo. Al anochecer, Densel y Trentor se encontraron en las afueras de Drumia. -Quiero decirte algo que he pensado toda la tarde. -¿De qué se trata? –preguntó Trentor. -Creo que en la cima de Septonger, encontraremos el neiróm. -¿Estás seguro? -Sí. De lo contrario, ¿por qué habría de aparecer semejante montaña? En toda nuestra historia jamás ha ocurrido algo igual. Y además, hay algo que me preocupa. -Dime. -Aunque Nírak es muy pequeño, quizás lo intente. Debemos apresurarnos. -¡Tenemos que llegar primero! -exclamó Trentor. Estrecharon sus diestras y se abrazaron efusivamente. Estaban decididos. Nírak Hínderock no había dormido en toda la noche, una pesadilla lo había atormentado. Se daba vueltas en el lecho, trataba de conciliar el sueño, pero la alucinación reciente se lo impedía. Escuchó unos ruidos y se asomó por la abertura de su habitación. Aún era de noche pero observó de todas formas a la luz de la luna unos cuerpos moviéndose. Era un grupo compacto que se alejaba del poblado en dirección a la nueva montaña. No lo dudó, juntó sigilosamente algo de fruta en un saco saltó fuera de su morada y deslizándose por la hierba, los siguió a una distancia prudencial. A la mañana siguiente, a Fenstor le pareció extraño no encontrar a su hijo al lado suyo. En ese instante los gritos de otras familias los sobresaltaron. Comprendió de inmediato. El sol ya estaba alto cuando Mc Gullivan, Mileikos y sus amigos avanzaban sin inconvenientes por la pradera en dirección a Septonger. A medida que se acercaban, la montaña se hacía más imponente. Parecía que aumentaban la cantidad de rayos azulados entre los vapores escarlata. -¿Serán los dioses recibiéndonos? –preguntó Trentor. -Eso espero... –respondió Folio. Suspiró ruidosamente. Los demás rieron. El sonido del viento los acompañó durante el trayecto. Al anochecer pernoctaron a la orilla de lo que había sido el río Nesser, ya que sus aguas, provenientes de la laguna, habían desaparecido junto con ésta. Nírak comió algunas frutas que arrancó de unos árboles cercanos y también descansó. A la mañana siguiente y luego de desayunar, continuaron el viaje. Ya no hablaban tanto. Cada uno se mantenía ensimismado en sus propias reflexiones; estaban decididos a todo pero sentían el mismo respeto desde que la montaña había hecho su aparición. En las primeras horas de la tarde, llegaron a la base. Levantaron la vista hasta el cielo y hasta allí llegaba Septonger, miraran por donde miraran, ahí estaba, poderosa y provocativa. En Nírak producía el mismo efecto sobrecogedor. Agazapado tras unos arbustos, estudiaba los movimientos del grupo de jóvenes. Los muchachos comprendieron que era mucho más difícil de escalar de lo que parecía a la distancia, optaron entonces por rodearla para buscar un lugar más sencillo para iniciar la ascensión. A medida que avanzaban les parecía que la montaña los acompañaba en su vuelta ya que veían en todo momento exactamente lo mismo que habían observado desde donde miraron por primera vez. Caminaban y caminaban y la ladera escarpada no se modificaba. Cuando Densel se dio vuelta le pareció que más atrás era más fácil. Volvió sobre sus pasos, levantó la vista y vio el mismo y repetido paisaje que se perdía hasta el firmamento, como sí la montaña se desplazara con ellos, pero todo permanecía inmóvil. Se convencieron que era producto de sus nervios. Dado lo avanzado de la tarde, acamparon. Buscaron un lugar donde dormir y a medida que acomodaban sus cosas el lugar se transformó. La hierba creció hasta quedar blando y mullido. La temperatura, por lo general baja a la noche en esa época del año, subió hasta tornarse agradable. Un manantial apareció a pocos pasos de distancia junto con un pequeño fuego y una comida deliciosa. Los muchachos se miraron mudos de asombro. Pensaron que era todo demasiado perfecto, pero el aroma del manjar cociéndose a las brasas era muy real. A unos doscientos metros, en el pequeño espacio donde se hallaba Nírak, sucedió exactamente lo mismo. Comió con avidez, se tendió en el césped y mientras escuchaba el lejano eco de la voz de Densel, se durmió. En Drumia, el revuelo generado era comparable a los grandes acontecimientos. Los familiares de los adolescentes estaban desesperados temiendo por sus vidas. Se juntaron los mayores para deliberar sobre el tema. -¡Tenemos que ir a buscarlos! –exclamaban algunos. -De ninguna manera –opinaban otros-, dejémoslos solos y que sean castigados como corresponde. Que sirva de ejemplo para cualquiera que intente desafiar a los dioses. FIN DEL LIBRO UNO
la milanesa
Kevin, sos un ridículo. Instruíte por favor.
EL ARQUITECTO
SUPONGO QUE SIEMPRE ES EL MISMO PELOTUDO, EL QUE TIRA EL NIRAK, NO?, SOLO QUE CAMBIA DE NICK.
la milanesa
Si, ahora no sólo hace eso...
kamagra
mhqgjncs hiseodko uqgghzfj
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1- los que se pelean se aman
2- el odio une a las personas
3- nos volvimos putos
yo creo que es más el 2-, porque el primero es el caso del presidente y vivaperón, y el tercero es el caso de EPM y Ricky Ricón.
Menos mal que aparecieron estos especimenes, ya se estaba volviendo aburrido el blog.